miércoles, 11 de junio de 2014

EXILIO LABORAL JUVENIL

Aunque a quienes contemplan la realidad a través de los cristales deformantes del escapismo les pueda parecer reiterativo insistir en el problema del paro juvenil en Catalunya y el conjunto de España, la gravedad de esta lacra es tal que combatirla reclama una atención preferente y continuada. Y los últimos datos no invitan precisamente al optimismo. Un amplio estudio de la UGT catalana concluye que los jóvenes de 15 a 34 años que han pasado a residir en el extranjero han aumentado un 71% desde el 2009, de tal forma que el 1 de enero del 2015 la cifra se elevaba a 60.848. Es un dato ciertamente demoledor, pero lo que es más preocupante es que el incremento respecto del año anterior fue del 9%, prácticamente el mismo que en los ejercicios precedentes. Es decir, la lenta pero progresiva recuperación de la economía española que reflejan numerosos indicadores no se ha traducido en una disminución del volumen de jóvenes catalanes que marchan más allá de nuestras fronteras en busca de un futuro mejor.
El cuadro del drama del empleo juvenil se completa con otras cifras -extraídas igualmente de organismos oficiales- que recuerda el informe de UGT: el desempleo hasta los 24 años es del 45%, el 90% de los contratos que se hacen a los menores de 30 años son temporales, y el 60% de estos contratos son por un periodo máximo de un mes. Una situación que alarga extraordinariamente (y a veces indefinidamente) el tránsito de la juventud a la madurez. Una situación que impide emprender el rumbo vital a personas en edad de tomar las decisiones de largo alcance (familia, vivienda...). Una situación que crea frustración o, peor aún, resentimiento. Una situación que debe avergonzar colectivamente a la sociedad española aunque las responsabilidades de este desastre sean, obviamente, de muy distinto grado y tengan raíz y alcance internacional.
Con esta voluminosa marcha de capital humano juvenil al extranjero,España no solo despilfarra recursos hoy, sino también para el futuro, porque es improbable que todos los que ahora se van vuelvan cuando la situación económica haya mejorado notablemente. Nadie tiene una fórmula mágica para cambiar este amargo panorama, pero ni la autoestima de los jóvenes ni la dignidad del país pueden aceptarlo como una fatalidad ante la que solo quepa resignarse.